sábado, 25 de enero de 2014

(V)uela

Vuelas, pero cuando es necesario tienes los pies sobre la tierra. Los pies, el pecho, las manos e incluso la cabeza. Aquí lo importante es que esa esfera, la que tanto deseamos tener en nuestras manos, no caiga. Seis personas con funciones diferentes pero con los mismos objetivos. 

Compartir con cinco personas más tu entusiasmo y tu pasión por algo. Un algo que para más de una  ha sido o sigue siendo todo. Poder celebrarlo de la misma forma que lo celebran los grandes. Porque no hay que ser los mejores para ser grandes. Sentirse llena cuando un balón se frena en tus brazos o vuelve hacia arriba después de haberte dejado las rodillas y parte del alma. Y es que si te dejas el alma es cuando realmente te sientes grande. Grande por hacer aquello que tanto te gusta, grande por luchar cada balón, grande por tener detrás a todas tus compañeras, esas que te salvarán el culo cuando ya no tengas ni aliento. 

El venirse abajo, el llenarse de rabia por haber mandado un balón a esa maldita banda blanca que tantas veces hemos querido estirar, patear o eliminar de nuestra vista. La que separa un juego de otro. Sentirse vacía también forma parte del juego, aunque siempre hay alguien que se encarga de llenarte con palabras, o con silencios. Un abrazo capaz de darte fuerza, la típica palmadita en la nalga para que recuerdes que no estás sola.  Los consejos del míster. Una mirada cómplice que te dice "podemos". El grito de guerra, imprescindible al comenzar cada batalla. Concentración. 

El sonido del balón sobre tus manos. Despegar del suelo y volar. Encajarle un derechazo al balón y dejarlo k.o. Como una dosis de adrenalina en vena. El olor a pista, las risas de los vestuarios, las celebraciones en medio del campo y en cualquier sitio. Pequeños detalles que solo comprendemos los que estamos ahí dentro. Ser una más. Que aporta, que sufre y que lucha. Disfrutar de cada punto, de cada partido y de cada momento al lado de toda esa gente que siente lo mismo que tú al tener un balón entre las manos.

Siempre tuve miedo a volar, pero ahora que lo hago, siento que lo necesito. Volando desde 2008.





jueves, 23 de enero de 2014

Punto y aparte


Gritarle a los cuatro vientos que queremos una vida de película no es la solución. Aquí todo consiste en dejar que las cosas se ordenen, como en un tablero de ajedrez. Pero si haces una mala maniobra ya estás fuera del juego. Aunque seguro que puedes mejorar aquello que dejaste colgado de un hilo y darle tres o cuatro puntitos para que no llegue a caer.

Tenemos miedo. Tropezar nunca ha sido algo deseado por nadie pero sí necesario. Los tropiezos no son caídas. Podemos hacerlo un millón de veces y  seguir de pie. Al pie del cañón. Hay quien tiene miedo a enamorarse. A sentir eso que hace que no puedas vivir sin esa persona. Sin sus buenos días ni sus buenas noches.

Muchos finales son los protagonistas de este miedo. Esas líneas limítrofes que acaban con tantos momentos o tan pocos. Como las de los campos de baloncesto, una vez pisas la línea, se acabó. Pero todo vuelve a empezar, solo hay un final final y ese es dejar de respirar.

Me quedo con los puntos y aparte. Dejan un espacio bastante importante entre línea y línea y aunque parezca que es un final, sigue habiendo aliento. Volver a empezar, retomar, continuar. Palabras que van cogidas de la mano. Todas vienen arrastrando alguna oportunidad, de esas que nunca, repito, nunca, hay que dejar escapar.

Una partida de ajedrez con tiempo y todo. Maniobras complicadas. Decisiones, muchas decisiones. Que más da si solo puedes avanzar casilla a casilla o si te tiran una pieza al suelo. Estás para seguir avanzando y para seguir jugando con las fichas que te quedan. A veces lo que parece un punto y final acaba siendo un punto y aparte. Aún está lejano ese famoso jaque mate… ¿Qué te parece si volvemos a empezar?



miércoles, 8 de enero de 2014

Compartiendo


De pequeños nos enseñan a compartir. Compartimos los juguetes, los lápices de colores, el sacapuntas.
Cuando crecemos, esto nos sirve para pedirle sal al vecino del tercero. Para compartir el mechero en la puerta de una discoteca o para intercambiar ropa con las amigas.

Compartir es bonito, pero en la vida hay cosas más importantes que se pueden compartir.
Momentos. Noches frías y noches calientes. Días lluviosos y días soleados. Sueños y locuras. Besos dulces. Abrazos. También silencios, pero nada como las miradas y las sonrisas. Señores, esto es compartir. Ahí está la clave. Es muy bonito dar y recibir.
La sal del vecino nos viene genial. El mechero nocturno en la puerta de la discoteca "ni pintao" y el armario de tus amigas acaba siendo tu segundo armario. Pero aún así, siempre será más bonito seguir compartiendo sensaciones, sentimientos y tu vida.