jueves, 23 de enero de 2014

Punto y aparte


Gritarle a los cuatro vientos que queremos una vida de película no es la solución. Aquí todo consiste en dejar que las cosas se ordenen, como en un tablero de ajedrez. Pero si haces una mala maniobra ya estás fuera del juego. Aunque seguro que puedes mejorar aquello que dejaste colgado de un hilo y darle tres o cuatro puntitos para que no llegue a caer.

Tenemos miedo. Tropezar nunca ha sido algo deseado por nadie pero sí necesario. Los tropiezos no son caídas. Podemos hacerlo un millón de veces y  seguir de pie. Al pie del cañón. Hay quien tiene miedo a enamorarse. A sentir eso que hace que no puedas vivir sin esa persona. Sin sus buenos días ni sus buenas noches.

Muchos finales son los protagonistas de este miedo. Esas líneas limítrofes que acaban con tantos momentos o tan pocos. Como las de los campos de baloncesto, una vez pisas la línea, se acabó. Pero todo vuelve a empezar, solo hay un final final y ese es dejar de respirar.

Me quedo con los puntos y aparte. Dejan un espacio bastante importante entre línea y línea y aunque parezca que es un final, sigue habiendo aliento. Volver a empezar, retomar, continuar. Palabras que van cogidas de la mano. Todas vienen arrastrando alguna oportunidad, de esas que nunca, repito, nunca, hay que dejar escapar.

Una partida de ajedrez con tiempo y todo. Maniobras complicadas. Decisiones, muchas decisiones. Que más da si solo puedes avanzar casilla a casilla o si te tiran una pieza al suelo. Estás para seguir avanzando y para seguir jugando con las fichas que te quedan. A veces lo que parece un punto y final acaba siendo un punto y aparte. Aún está lejano ese famoso jaque mate… ¿Qué te parece si volvemos a empezar?



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