Seguir arañando dentro y descubrir que sigues siendo un manojo de enriedos. Enriedos que se vuelven finos por el camino pero que siguen enganchandose en las entrañas de vez en cuando.
Solo el peine del tiempo es capaz de deshacerlos.
El brillo de esos ojos negros,
la sonrisa perenne,
las caricias con olor a vainilla,
los silencios llenos de palabras,
los te siento, desbordantes y dolorosos.
Los saltos con tiempo para abrir el parapente.
Las cartas que ya no se reciben en un día cualquiera,
que rozan, atrapan y construyen.
Rebobina y dale al play,
deja que suene lo que ha anidado aquí adentro,
y que no vuelvan a ser cristales rotos.
Sin miedos, con pausas, sin prisa...
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