Compartir con cinco personas más tu entusiasmo y tu pasión por algo. Un algo que para más de una ha sido o sigue siendo todo. Poder celebrarlo de la misma forma que lo celebran los grandes. Porque no hay que ser los mejores para ser grandes. Sentirse llena cuando un balón se frena en tus brazos o vuelve hacia arriba después de haberte dejado las rodillas y parte del alma. Y es que si te dejas el alma es cuando realmente te sientes grande. Grande por hacer aquello que tanto te gusta, grande por luchar cada balón, grande por tener detrás a todas tus compañeras, esas que te salvarán el culo cuando ya no tengas ni aliento.
El venirse abajo, el llenarse de rabia por haber mandado un balón a esa maldita banda blanca que tantas veces hemos querido estirar, patear o eliminar de nuestra vista. La que separa un juego de otro. Sentirse vacía también forma parte del juego, aunque siempre hay alguien que se encarga de llenarte con palabras, o con silencios. Un abrazo capaz de darte fuerza, la típica palmadita en la nalga para que recuerdes que no estás sola. Los consejos del míster. Una mirada cómplice que te dice "podemos". El grito de guerra, imprescindible al comenzar cada batalla. Concentración.
El sonido del balón sobre tus manos. Despegar del suelo y volar. Encajarle un derechazo al balón y dejarlo k.o. Como una dosis de adrenalina en vena. El olor a pista, las risas de los vestuarios, las celebraciones en medio del campo y en cualquier sitio. Pequeños detalles que solo comprendemos los que estamos ahí dentro. Ser una más. Que aporta, que sufre y que lucha. Disfrutar de cada punto, de cada partido y de cada momento al lado de toda esa gente que siente lo mismo que tú al tener un balón entre las manos.
Siempre tuve miedo a volar, pero ahora que lo hago, siento que lo necesito. Volando desde 2008.

Has volado, vuelas y volarás. Eres enorme. Imprescindible para el equipo. Ni te imaginas la seguridad que aportas dentro de la pista. Sigue volando como tú solo sabes y vuela cada vez más alto.
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